A VECES

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A veces llego a casa. A veces lo hago en español y otras en catalán. Incluso a veces en noruego y algunas en inglés. Viví 8 años en Cataluña. També vaig viure 8 anys a Catalunya. Y llegué desde León, donde me decían que era de derechas por venir de Valladolid. Lo mismo que en Barcelona. ¿Eres de Valladolid? Si. ¿entonces eres del PP? No, no lo soy. ¿Eres del Barça? No, no soy de ningún equipo. Entonces eres del Real Madrid. No, no soy de ningún equipo. Y así hasta que el tiempo y la normalidad de verle la cara a un tipo de Valladolid hicieron olvidar a los demás de donde era. Eso, y mi pasión por hacerme ser de donde vivo. Ser fan de la ciudad, del país y del barrio donde vives, te ayuda a sentirte tan de allí como el quiosquero de la esquina. Manolo se llamaba, creo. Ser de donde vives y también de donde vienes te deja un margen de respeto enorme a lo desconocido. Tan grande que no tiene límites. Porque te sientes al principio extraño en una tierra ajena en la que con el tiempo acabas jugando con la camiseta local. Aunque no hayas nacido allí. Cuando masticas el lugar en el que vives y lo digieres, tu flora intestinal se acostumbra a los nuevos sabores, olores y texturas. Es una cuestión de tiempo. Porque pasar de pedir un sándwich mixto a un biquini no fue ningún drama del mismo modo que hablar a un catalán en español no supuso una lapidación de miradas inmediata. Pero hablar a un catalán en catalán siendo de Valladolid supuso más de una palmada en la espalda. Y a todos nos gustan las palmaditas. Claro que si.

Pero no soy catalán. Soy de Valladolid porque nací allí, pero he vivido más años en León con lo que me puedo considerar leonés. Y siempre que vuelvo a León también vuelvo a casa. Lo mismo que me pasa ahora cuando llego a Noruega. Donde no pido un sándwich mixto porque no existen. Como mucho me ponen una rebanada de pan con pepino y pimiento crudo. Cabrones. Y en Noruega no saben si soy de Valladolid, de León o de Barcelona. Porque de España solo conocen el ‘una cerveza por favor’ y que la tasa del paro no cabe en una calculadora científica. Eso y que Cataluña no quiere ser España, que desahuciamos a la gente y que no trabajamos sino que dormimos la siesta. Siempre con la mierda de la siesta. Es lo que tienen los estereotipos, que son perfectos para joder la naturaleza plural de la gente. Seas de donde seas te joden y eso es implacable y amargo a la vez. Porque no nos gusta lo diferente. Porque la prensa se encarga de decir al resto lo que somos. Sea en el país que sea. Eso y el corresponsal de turno que odia nuestro pimentón, o lo mucho que gritamos cuando hablamos. Y nos llaman bárbaros y vagos. Y los titulares salen solos y el mundo se lo cree. Tanto, que a veces hasta soy Noruego. Porque vuelvo a España y me joden esos gritos y la mala hostia de los conductores. Como al corresponsal. Eso, y que me he acabado acostumbrado al silencio sepulcral de los jodidos nórdicos. Que hasta cuando ríen callan. Pero a veces vuelvo a casa. Y lo hago en Valladolid, en León, en Barcelona. Porque he vivido allí. Porque soy de allí. Y durante unos días adoro las mismas cosas que me acaban por joder. Y vuelvo a Noruega. Vuelvo a casa. Y vuelvo a adorar esas mismas cosas que me terminarán por joder. Así es. Así tiene que ser.

A veces llego a casa. A veces.

Texto y foto por Deportes ilustrados

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