Wellington

NOTA: El artículo de esta semana contienen lenguaje violento y explícito a nivel sexual y religioso que puede ofender. Familiares, amigos y lectores que no quieran ser ofendidos, no lo leáis. Gracias.

Tuve una novia que la chupaba como Jesucristo. Perdón, como Jesús Cristo, un travesti de la calle Wellington de Barcelona. Una calle que antes de que instalaran el tranvía y la jodieran, compartía espacio como en una empresa de coworking con vecinos, prostitutas y travestis vestidos con ropa del Primark para adolescentes. Una calle que servía de momento mindfullness para los que salían voluntariamente tarde del trabajo y paraban allí. Una parada de apenas 15 minutos, perfecta para sentir alientos en la entrepierna mezcla de tabaco y chicle de menta, con el fin de llegar a casa con energías renovadas para acostar niños y abrazar esposas.

Una calle Wellington que parecía un concesionario Seat los lunes y Hyundai los martes, donde los billetes de 10 y 20 euros cambiaban de mano sin aplicar antibacterial de por medio. Una economía de billetes y condones usados, que hacían de Wellington un zoo nocturno y diurno con animales salvajes a ambos lados del muro de piedra que los separaba. Un muro que aún existe, pero que ahora solo delimita un parque que contiene un zoo de los de verdad en el medio de Barcelona.

El tema al que iba, es que esa novia la chupaba tan bien, que no quería hacer otra cosa con ella. Para qué. La acción de chupar además venía acompañada de un ligero cosquilleo de sus largas pestañas postizas en mi pubis. Y eso creo que me daba más placer que el acto en sí. A veces hasta llegaba a casa con las marcas de su máscara de pestañas L’Oréal debajo de mi ombligo. Una maravilla. Unas largas pestañas que hacían juego con la longitud de su pelo. Una melena infinita y autónoma, que se me metía entre los huevos cuando follábamos en la azotea de su casa.

Casi no era capaz de mantener el ritmo de mis caderas porque, me rompía el culo encima del suelo de baldosas rotas y porque con la mano que me quedaba libre, intentaba separar su pelo de mis pelotas sudadas para poner un poco de orden y coherencia en lo que estaba pasando allí. Por eso lo de preferir una sola acción sexual basada en el chupar, que contentaba al menos al 50% de las partes.

Parecido a lo que sucedía en la calle Wellington hace 20 años. Con el 50% del negocio contento, pero con los actores protagonistas sobreactuados y los clientes sobrevalorados. Cuando llegó el tranvía, no sé donde fueron a parar las concentraciones de Seat Ibiza semanales. Ni las prostitutas y travestis que convivían allí. Algunos se desplazaron a calles contiguas durante un tiempo y llamaban guapo a todo aquel que pasara por delante. Un guapo en un tono demasiado grave para salir de detrás de un top fluorescente talla XS . Cada vez que paso por esa calle me acuerdo. De eso y de la idea de mierda de meter un zoo en la ciudad.

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