Cabaret JR

J&R

Bienvenidos al paraíso. Abrió la puerta y enfilamos las escaleras hacía el infierno. Oled, oled, decía… Y olimos. Y olía a una mezcla de aceite corporal, whisky barato, lejía y sexo. El paraíso estaba en un sótano oscuro y casi vacío. Era lunes, o quizá miércoles, da igual. Eran las 11 de la noche y una chica en topless bailaba con la música muy baja sobre la pasarela del Cabaret JR. Hasta se podía escuchar el rozamiento de su cuerpo con la barra dorada. Ella bailaba ajena a quien entraba o salía. Como que estuviese calentando. El tanga huérfano de billetes de dólar y los pies descalzos. Dólares canadienses. Ni siquiera miraba nuestra mesa. Bailaba en una especie de trance para evadirse del infierno al que todos llamaban paraíso. Podría ser Summer, o Tracy, o Pamela. Hasta 12 bailarinas de primer nivel. Las llamaban bailarinas porque bailaban. Se llamaba cabaret porque hacían espectáculos. No eran putas ni eran un club. Si que había una máquina de preservativos en el cuarto de baño y habitaciones reservadas para clientes VIP. En sus cuatro pantallas se veía cada día hockey, beisbol y fútbol americano. También fútbol europeo por eso de estar en Québec. Eso por la tarde. Por la noche emitían películas porno. No eran putas ni era un club. Una bailarina se sentó con nosotros. Selina, Candy o quizá Alexia. Puede que llevara poca ropa, pero no se veía. Puede que fuera guapa, pero no se veía. Nos pidió que la invitáramos a algo. Al fondo de la barra se oyó un aplauso débil y sincero. Summer, Tracy o Pamela recogió los zapatos de tacón y se metió detrás de la cortina de terciopelo. El volumen de la música subió. No habíamos entrado allí por sexo. Sino por protocolo. Si viajas de negocios, te invitan a un cabaret. Llamémoslo cortesía mercantil. No importa tu oficio ni tu edad. Se da por hecho. El hombre que gobierna el mundo, invita a sus semejantes a antros con luces de neón donde se cierran los negocios y se abren las braguetas, aunque no sean putas ni estés en un club.

Nadie quería follar. Estábamos allí como fin del día. Agradeciendo esa cortesía mercantil. Podríamos haber ido a un Starbucks o a un Dennys, pero allí no hay bailarinas, huele a aceite quemado y las propinas se dejan en la mesa y no en bragas baratas del Target. Pero en Québec no hay Dennys. Allí son más europeos que en el resto de Canadá y mantienen la grasa lejos de la costa este. Si hubiéramos ido a un Dennys hubiera pedido lo mismo de siempre; ensalada César sin salsa, quesadilla de pollo, dos huevos ‘sunny side up’ y ‘hash browns’. Un amigo me enseñó como pedir huevos fritos. Si, sunny side up, me dijo. La cara soleada hacia arriba. Me gusta. Lo del hash browns no es más que patata rallada cocida y frita. Da igual que intentes comer sano en un Dennys. Eso es imposible por mucha lechuga que tenga tu plato. Pero allí no se cierran los negocios. Allí se va a comer y hablar español con el camarero. El Dennys es territorio latino desde el que limpia los baños hasta el que te da la cuenta. Si el manager no tiene bigote es que es gringo. Cabaret JR es mucho más sofisticado. Su estrategia de marketing al menos parecía perfecta. Fútbol, alcohol, mujeres desnudas y películas porno. Estereotipar a media humanidad masculina en burdeles baratos es todo un ejercicio de análisis estadístico sociológico. Dales sexo y estarán contentos. Dales alcohol y no razonarán. Ponles dos tetas en la cara y cerrarán negocios. Creo que el JR sigue abierto. En el 1946 del Boulevar Mellon de Jonquire. Donde las manos que cierran las braguetas satisfechas, cierran negocios prometedores y abren la salida de las puertas del paraíso. Oled, oled, decía. Y olimos. No son putas ni es un club…

Por Deportes ilustrados

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